10. Ābhāsa: la Consciencia se mira a sí misma

En la visión del Tantra Śaiva no dual, la Consciencia suprema (Cit), que también es llamada Śiva, no es una realidad estática, pasiva o distante. Es una presencia viva, vibrante, libre y autónoma (svātantrya), que elige manifestarse como universo, como totalidad de formas, sonidos, pensamientos, cuerpos, emociones y mundos.

Pero ¿por qué? ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Por qué existe este despliegue inmenso e inabarcable que llamamos “realidad”?
La tradición responde con una idea profundamente bella y radical: la Consciencia desea verse, conocerse, amarse, gozar de sí misma. Y para ello, se multiplica en formas individuales aunque no separadas.

Este despliegue tiene nombre: ābhāsa, que puede traducirse como “apariencia”, “reflejo”, o “brillo”. El universo entero —con su infinitud de formas y fenómenos— es el reflejo vibrante de la Consciencia mirándose a sí misma. No es una ilusión falsa (māyā en el sentido peyorativo), sino una aparición real (satya) dentro del campo de la Consciencia. Ābhāsa es el modo en que lo Uno deviene muchos sin dejar de ser Uno.

La Consciencia no se limita a observar desde fuera, porque no hay fuera: todo lo que aparece lo hace en Ella, por Ella y como Ella. Y lo hace mediante spanda, esa vibración pulsante y dinámica que es el corazón mismo de lo real. Así, la Consciencia se convierte en sujeto, objeto y proceso de percepción: draṣṭṛ, dṛśya y darśana. Ella es el que observa, lo observado, y el acto mismo de observar.

La metáfora del océano y las olas

Imaginemos un océano completamente en calma, sin movimiento alguno. En ese estado homogéneo y sin diferenciación, el océano no tiene forma de conocerse a sí mismo, de experimentarse, no tiene perspectiva de sí mismo. Pero cuando aparece una ola, hay una elevación, una forma, un punto de vista elevada. Desde esa ola, el océano puede empezar a “verse” a sí mismo.

Sin embargo, hay un error fundamental que sucede en ese proceso: la ola cree que es solo ola y no el océano. Cuando desde su punto de vista ve otra ola, se genera la ilusión de ser entidades separadas. Al tomar la apariencia como entidad separada, nace la ilusión de la individualidad —el jīva—, y con ella, el sufrimiento (duḥkha).

Este velo es parte de la tirodhāna, la fase de ocultamiento que la Consciencia libremente asume como parte de su juego. Pero este olvido no es un error cósmico. Es el camino necesario para que se dé el recuerdo, la revelación (anugraha), cuando la ola se da cuenta de que nunca dejó de ser el océano. Y en ese momento de reconocimiento (pratyabhijñā), brota el gozo profundo, la dicha incondicional: ānanda.

Ābhāsa no es ilusión: es expresión

En muchas escuelas filosóficas se utiliza el término “ilusión” para hablar del mundo. Pero en el Śivaismo de Cachemira, esta perspectiva cambia radicalmente. El mundo no es una ilusión que debemos rechazar: es una manifestación, una expansión (vikāsa) de la Consciencia. Ābhāsa es esa multiplicidad luminosa y vibrante. Cada forma es un destello, un rayo de Śiva brillando momentáneamente en el espejo de la existencia.

Todo lo que percibimos —desde el canto de un pájaro al dolor de una pérdida— es una forma de ābhāsa: una posibilidad escogida libremente por la Consciencia para conocerse, expresarse, experimentarse y finalmente amarse a sí misma.

Y aquí es donde entra también el concepto de līlā, el juego divino. Śiva no crea el universo por necesidad externa, por obligación o por carencia. Lo hace como expresión de su plenitud (pūrṇatva), como juego espontáneo de creatividad infinita. Lo hace por amor, por gozo, por arte. 

Así, la realidad entera es una danza —tāṇḍava—, una coreografía cósmica donde cada forma, cada pensamiento, cada átomo, cada experiencia es un gesto de ese baile sagrado. La danza de lo manifestado no es otra cosa que la vibración (spanda) del absoluto desplegándose en ritmos infinitos.

Somos olas del océano que se reconocen como el océano

El ser humano es una de esas formas en las que la Consciencia decide reflejarse. Y dentro de cada uno de nosotros, esa vibración, ese brillo, ese reflejo está siempre presente. Nuestra percepción, nuestros pensamientos, nuestra capacidad de amar y de conocer no son funciones aisladas: son la Consciencia operando en nosotros como nosotros.

Por eso, como decía el astrofísico Carl Sagan desde otra tradición: “somos una manera que tiene el universo de conocerse a sí mismo”. Desde el Śivaismo se dice: somos una manera que tiene la Consciencia de contemplarse, saborearse y celebrarse a sí misma. Cada uno de nosotros es un ābhāsa: una forma de la Consciencia iluminando la Consciencia.

Y así, la respuesta tántrica al misterio de la existencia no es evasiva ni nihilista: el universo existe porque la Consciencia goza al ser muchas sin dejar de ser una. Ābhāsa es el espejo en el que el Uno se multiplica para recordar, en cada instante, que solo Él es.

11. Pūrṇatva: la Consciencia es plena