En el yoga de Patañjali, brahmacarya hace referencia tradicionalmente a la continencia sexual, entendida como abstinencia o como una conducta sexual disciplinada, según el contexto. Se presenta como uno de los principios éticos que orientan la práctica del yoga.

Desde el Tantra Śaiva No Dual podemos explorar una lectura más amplia, relacionada con los principios de esta tradición. Sin negar su dimensión sexual, podemos entender brahmacarya como una invitación a cultivar una relación consciente con nuestra energía en general, nuestro deseo y nuestra manera de buscar satisfacción.

El término se traduce tradicionalmente como «conducta orientada hacia Brahman» o «vivir de acuerdo con lo sagrado». En nuestra interpretación, podemos relacionarlo también con asteya —no apropiarse de lo ajeno—, extendiendo esta reflexión al modo en que nos relacionamos con nuestra propia energía y con la atención, el tiempo y la disponibilidad de los demás.

Desde una perspectiva tántrica, podemos contemplar las distintas manifestaciones de la energía como expresiones de śakti, la potencia dinámica de la conciencia. La sexualidad es una de estas manifestaciones, pero no la única. También ponemos nuestra energía en el trabajo, el conocimiento, los vínculos, la creatividad y la búsqueda espiritual.

La cuestión no es cuánto gastamos, sino desde dónde actuamos, qué nos mueve y qué relación establecemos con aquello que deseamos.

En nuestra vida podemos experimentar un gran desgaste cuando quedamos atrapados en la compulsión: la necesidad de obtener más placer, más reconocimiento, más amor, más conocimientos o más posesiones. Buscamos una y otra vez algo que parece prometer una satisfacción definitiva, pero que, una vez alcanzado, no siempre consigue resolver aquello que nos impulsaba a buscarlo.

Sin embargo, el problema no está en desear, disfrutar o buscar nuevas experiencias. El deseo también puede expresar nuestra vitalidad, nuestra creatividad y nuestra capacidad de relacionarnos con el mundo. La cuestión es distinguir entre un deseo que podemos vivir con libertad y una compulsión que nos empuja a repetir una conducta, incluso cuando esta deja de resultarnos verdaderamente satisfactoria y se convierte en un desgaste improductivo de nuestra energía. 

La invitación de brahmacarya, tal como lo interpretamos aquí, no consiste en prohibirnos aquello que deseamos, sino en observar nuestra relación con el deseo. Podemos preguntarnos qué necesidad profunda hay detrás de un impulso, qué estamos intentando encontrar y si nuestra conducta es compulsiva nace de una elección libre o de la sensación de que nos falta algo que necesitamos obtener para estar bien.

No se trata de reprimirnos ni de luchar contra nuestros impulsos. Se trata de detenernos, observar y reconocer lo que sucede en nosotros. Podemos sentir el deseo plenamente, acoger las emociones que lo acompañan y permitir que exista sin convertirlo necesariamente en una acción, una posesión o un resultado. A veces descubriremos que deseamos algo y elegiremos satisfacer ese deseo; otras veces podremos reconocerlo sin necesidad de actuar.

Esta observación también nos permite acercarnos a las necesidades profundas que pueden alimentar nuestras compulsiones. En lugar de intentar eliminarlas o sustituirlas inmediatamente por una conducta más adecuada, podemos dar espacio a lo que sentimos, reconocer nuestra vulnerabilidad y descubrir qué estamos buscando realmente. No necesitamos reparar o transformar cada impulso a toda costa: a veces, comprenderlo y dejar de relacionarnos con él de manera automática ya abre un espacio de libertad.

Esto también se aplica al conocimiento y a la búsqueda espiritual, no solamente a la sexualidad. Leer textos filosóficos, acumular enseñanzas o buscar nuevas experiencias contemplativas puede convertirse en otra forma de compulsión si creemos que necesitamos conseguir algo más para alcanzar la plenitud. El problema no está en estudiar, disfrutar de la sexualidad o profundizar en una tradición espiritual, sino en quedar atrapados en la necesidad interminable de obtener algo que finalmente nos complete.

Podemos pasar la vida proyectando nuestra atención hacia aquello que consideramos exterior, intentando encontrar en ello la satisfacción que sentimos que nos falta. Paradójicamente, cuando dependemos de conseguir algo para sentirnos completos, nuestra búsqueda puede convertirse en una fuente constante de inquietud y desgaste, una fuga de nuestra energía vital.

Desde la perspectiva no dual, podemos explorar la posibilidad de que nuestra plenitud fundamental no dependa de alcanzar determinados objetos, experiencias o estados. Esto no significa negar nuestras necesidades humanas, renunciar al mundo ni dejar de disfrutar de lo que la vida nos ofrece. Significa investigar si aquello que buscamos puede ofrecernos una satisfacción particular sin tener que convertirlo en la condición indispensable de nuestro bienestar.

Cuando descansamos en nuestra naturaleza esencial, la acción puede surgir de una manera más espontánea y libre. Podemos amar, desear, disfrutar, estudiar y crear sin convertir esas experiencias en condiciones necesarias para sentirnos completos. Nuestra energía puede dirigirse hacia el mundo, pero ya no tiene por qué hacerlo desde la urgencia de llenar un vacío.

Desde esta perspectiva, brahmacarya puede entenderse como una práctica y, al mismo tiempo, como una expresión espontánea de esa libertad interior. Por un lado, cultivar una relación consciente con nuestros deseos nos ayuda a reconocer los automatismos y a recuperar la capacidad de elegir. Por otro, a medida que reconocemos nuestra naturaleza esencial, puede surgir espontáneamente una relación menos compulsiva con aquello que deseamos.

No se trata de alcanzar un estado en el que dejemos de desear, sino de dejar de estar sometidos a la necesidad impulsiva de satisfacer cada deseo. No se trata de renunciar a la búsqueda, sino de descubrir desde dónde buscamos. Y no se trata de conservar nuestra energía evitando vivir, sino de dejar de desgastarnos intentando obtener de cada experiencia aquello que creemos que nos falta.

Brahmacarya, en esta lectura, es una invitación a relacionarnos con el deseo sin reprimirlo ni quedar atrapados en él; a vivir nuestra energía con consciencia y libertad, sin convertir la búsqueda constante de satisfacción en una condición para reconocer nuestra propia plenitud.

Una pregunta para la práctica

Podemos llevar brahmacarya a la vida cotidiana mediante algunas preguntas:

¿Deseo libremente o necesito satisfacer este deseo para sentirme completo?

¿Puedo sentir el deseo sin tener que actuar sobre él compulsivamente?

¿Qué busco realmente detrás de este impulso?

¿Puedo permitirme desear sin necesitar poseer, disfrutar sin aferrarme y sentir sin tener que llenar cada vacío?

Quizá brahmacarya pueda resumirse en una pregunta:

¿Puedo vivir plenamente el deseo sin necesitar que aquello que deseo me complete?

Desde el reconocimiento de nuestra naturaleza esencial, quizá descubramos que no necesitamos reprimir el deseo ni satisfacerlo siempre. Podemos permitir que surja, sentirlo y dejarlo desplegarse libremente, sin quedar sometidos a él.

“Que me sea permitido observar mi deseo, sin rechazarlo ni aferrarme a él.”

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