
Sucede a veces que, desde ciertos posicionamientos conscientes o espirituales, puede caerse en una especie de pasividad ante la vida. Cuando cultivamos la percepción de que todos somos la expresión divina de una sola Consciencia, podemos deslizarnos hacia una permisividad ante cualquier suceso exterior. Podemos llegar así a tomar una posición de observación neutra en la que nos convirtamos en meros observadores de lo que sucede en la vida, desde una posición interna aparentemente «elevada», como si estuviéramos por encima de los sucesos de la vida cotidiana.
Incluso cuando en nuestras ciudades hay grupos que quieren ocupar el espacio público con discursos de odio y superioridad racial, ideas que están en contraposición directa a aquellas que justamente pretende cultivar un camino de Consciencia. Ante esto, puede surgir la idea de que, si todo es una manifestación de la misma Consciencia, deberíamos simplemente observar y aceptar lo que ocurre, sin intervenir.
Pero la no-dualidad del Tantra clásico no nos pide, ni nos anima, a que nos mantengamos como observadores pasivos ante la vida. Al contrario, nos anima a vivir con más intensidad y con más presencia. El reconocimiento de nuestra esencia profunda no consiste en situarnos por encima de la existencia, sino en reconocer nuestra naturaleza esencial mientras participamos plenamente en la vida.
Es por ello que podemos seguir una vía de Consciencia, cultivar la visión no-dual, reconocer en el otro una encarnación igualmente divina que uno mismo de la Única Consciencia y, a la vez, actuar con firmeza y determinación ante ciertas conductas y acciones. Podemos ser profundamente conscientes y, a la vez, plantar cara a ideas que consideramos destructoras, como el fascismo o el nazismo, y actuar de forma contundente ante estos movimientos cuando intentan apropiarse del espacio público de nuestras ciudades.
Todo es Śakti, pero no todo conduce al mismo lugar
Desde el Tantra No-Dual concebimos que todo es, en la misma medida, la misma Śakti: la misma manifestación sagrada de Śiva, de la Consciencia Universal. Ontológicamente hablando, nadie es más sagrado que nadie, y ningún pensamiento o ideario es más sagrado que otro.
Sin embargo, el Tantra no cae en el nihilismo ni en la relatividad absoluta. Lejos de ello, reconoce un nivel encarnado en el que unas formas de pensar y actuar facilitan el sufrimiento, mientras otras facilitan la conexión, el amor y la paz. Y es lícito que el ser humano anhele lo segundo.
Podemos reconocer, incluso, que aquellas acciones que surgen del odio —el racismo, la xenofobia, la homofobia, el machismo, etc.— son, en última instancia, formas torpes, contaminadas por los velos de la ignorancia (mala), de intentar alcanzar también el bienestar, la seguridad o el cuidado. Y, a la vez, el hecho de que su raíz última sea la misma Consciencia no significa que todas sus manifestaciones sean igualmente hábiles o que produzcan las mismas consecuencias; algunas pueden alejarnos precisamente de aquello que deseamos.
Así, que entendamos que su raíz última es la misma Consciencia y el mismo Amor no significa que la respuesta más alineada con ese Amor Universal sea sentarnos a observar cómo grupos cada vez mayores desfilan por nuestras ciudades realizando el saludo nazi con total impunidad. Hay algo en nosotros que nos impulsa a plantar cara ante el odio y la discriminación, y ese impulso no tiene por qué ser una desviación de la Consciencia. Es también Śakti.

Plantar cara sin demonizar
Plantar cara, organizarse y confrontar a esos movimientos puede ser una opción totalmente coherente con el Tantra. Incluso podemos dar espacio al enfado. El enfado puede aparecer como una respuesta natural ante aquello que percibimos como injusto, y no necesitamos rechazarlo ni pretender estar permanentemente en un estado de serenidad para considerarnos conscientes.
Podemos percibir al otro como la divinidad encarnada y, a la vez, rechazar frontalmente ciertas ideas o conductas para no caer en lo que se conoce como la paradoja de la tolerancia, formulada por el filósofo Karl Popper: una tolerancia ilimitada hacia la intolerancia puede terminar destruyendo las condiciones que hacen posible una sociedad tolerante. Podemos, por tanto, considerar legítimo o necesario poner límites a determinadas expresiones o movimientos sin que eso implique necesariamente demonizar a quienes los sostienen.
Desde el Tantra No-Dual podemos mantener una mirada compasiva hacia el otro, porque el otro es uno mismo: es la misma Consciencia manifestándose a través de otra forma, de otras circunstancias y de otras opciones dentro de su libertad absoluta (svātantrya). Podemos ser contundentes sin odiar, sin demonizar y, sobre todo, sin querer destruir al otro, pues entendemos que, en última instancia, no es un verdadero otro.
Esto no significa que debamos considerar legítimas todas sus acciones ni que debamos proporcionarles las condiciones necesarias para que aumenten su capacidad de hacer daño. Reconocer la naturaleza esencial de alguien no implica validar aquello que hace. Puedo reconocer en ti la misma Consciencia que reconozco en mí y, al mismo tiempo, decir con absoluta claridad: esto que estás haciendo genera sufrimiento y no voy a colaborar con ello.
Y aquí también es importante distinguir entre confrontar una ideología y atacar a una persona. Podemos manifestarnos, organizarnos, ocupar el espacio público, lanzar consignas, denunciar o tratar de impedir que un movimiento que consideramos destructivo se apropie de ese espacio. Pero ejercer violencia física colectiva contra una persona, lincharla o agredirla por el hecho de pertenecer a un grupo nazi no es, desde esta perspectiva, una expresión de esa misma acción consciente. Si nuestro objetivo es reducir el sufrimiento y evitar que una ideología de odio se normalice, añadir violencia física y sufrimiento innecesario no nos acerca necesariamente a ese objetivo.
Podemos plantar cara sin convertir al otro en un objeto sobre el que descargar nuestra rabia.
Cuando el rechazo se convierte en odio
Es muy fácil, desde la dualidad y la ilusión de separación, acabar culpabilizando al otro de todo el mal y también de nuestra propia emocionalidad. Pero esos otros individuos, como uno mismo, tienen la potencialidad de estar secuestrados por el miedo y, desde ahí, actuar con odio; o de centrarse en la Consciencia y, desde ahí, actuar con compasión.
El problema no es necesariamente sentir odio hacia quien odia. Sentir odio es humano. El problema aparece cuando permitimos que ese odio se convierta en el lugar desde el que actuamos. Cuando actuamos desde el odio contra el que odia, corremos el riesgo de convertirnos en aquello que juramos destruir (me permito citar a Star Wars).
El enfado puede ser una respuesta humana completamente comprensible ante una injusticia. Puede contener energía, claridad e incluso una capacidad de movilización que necesitamos. La cuestión es qué hacemos con esa energía y desde qué lugar decidimos canalizarla. Podemos preguntarnos: ¿estoy intentando proteger algo o estoy intentando castigar a alguien? No son necesariamente lo mismo.
Ahiṃsā no significa no sentir odio
Sentir odio, y no solo enfado, es humano. No debemos perseguir no sentir odio, pues desde el principio de no-violencia, ahiṃsā, si sentimos odio y nos odiamos a nosotros mismos por sentirlo, aumentamos la cadena de sufrimiento. Podemos escuchar a la parte de nosotros que odia, darle reconocimiento y espacio, darle compasión y permitir que exista sin identificarnos completamente con ella.
Y después podemos decidir actuar desde nuestro centro, desde nuestra naturaleza esencial, que buscará disminuir el sufrimiento innecesario. Esto no significa que todas nuestras acciones vayan a ser agradables para todo el mundo. Poner límites puede generar incomodidad; confrontar puede generar conflicto, e impedir que alguien lleve a cabo una acción dañina puede producir frustración o incluso sufrimiento.
Ahiṃsā no significa que nuestras acciones nunca tengan consecuencias incómodas. Significa, entre otras cosas, que podemos preguntarnos si estamos generando un sufrimiento necesario para proteger algo valioso o si estamos añadiendo sufrimiento innecesario movidos por el odio, la venganza o el deseo de castigar.
Una tercera vía
De esta manera hay una tercera vía, la que puede presentar el Tantra: entre la pasividad trascendentalista y la acción impulsada por el odio o el miedo, está la opción de luchar desde el Amor. Y eso lo cambia todo, tanto en nuestro sentir interno como en determinadas acciones, aunque otras, desde fuera, puedan parecer exactamente las mismas: manifestarse, lanzar consignas, organizarse políticamente, denunciar, ocupar un espacio, acudir a una contramanifestación o tratar de impedir que un grupo de ideología nazi ocupe el espacio público de nuestras ciudades.
Además, este propio proceso puede convertirse en sādhanā, en una práctica de Consciencia. El activismo consciente no consiste únicamente en actuar sobre el mundo exterior, sino también en observar qué sucede dentro de nosotros mientras actuamos: qué emociones aparecen, qué pensamientos las alimentan, desde dónde surge nuestro impulso y qué estamos intentando conseguir realmente. Podemos sentir el enfado, reconocer el miedo o incluso el odio, sin tener que reprimirlos ni obedecerlos automáticamente. Y desde esa observación podemos elegir cómo responder, una y otra vez, procurando que nuestra acción nazca cada vez más de la claridad y menos de la contracción.
La diferencia no siempre está en lo que hacemos externamente. Está también en desde dónde lo hacemos. Podemos actuar con una enorme energía sin necesidad de convertir al otro en un enemigo absoluto. Podemos defender las libertades sin demonizar a quien las amenaza. Podemos plantar cara al fascismo sin necesitar odiar al fascista.
Podemos reconocer la humanidad —y, desde el Tantra, la naturaleza divina— de quien tenemos delante y, al mismo tiempo, oponernos radicalmente a aquello que consideramos destructivo. Porque la no-dualidad no nos pide retirarnos del mundo: nos invita a habitarlo plenamente, a sentir, a discernir y a actuar, haciéndolo cada vez menos desde la ilusión de separación y cada vez más desde el reconocimiento de que, aunque podamos estar profundamente enfrentados en el plano de las ideas y de las acciones, en lo más profundo no existe un verdadero «otro».
Todo es Śakti. También nuestra capacidad de decir no, nuestra capacidad de plantar cara y nuestra capacidad de proteger. La cuestión es desde dónde surge esa acción: ¿desde el miedo?, ¿desde el odio?, ¿desde el deseo de destruir al enemigo?, ¿o desde la claridad, el Amor y el impulso de reducir el sufrimiento innecesario?
Quizá el verdadero reto de un activismo desde la Consciencia sea precisamente ese: tener la fuerza suficiente para no permanecer pasivos ante aquello que consideramos injusto, y la suficiente consciencia para no convertirnos en aquello contra lo que luchamos.















