Uno de los malentendidos más frecuentes sobre el tantra no dual consiste en pensar que, si toda la realidad es una, entonces la fusión emocional y energética entre dos personas constituye el ideal de una relación.

Sin embargo, el tantra shivaíta distingue con mucha claridad dos niveles de experiencia que a menudo confundimos: la unidad esencial y la fusión emocional y energética.

La unidad no necesita ser creada, solamente reconocida

Desde la perspectiva del tantra no dual, nunca hemos estado realmente separados. Todos los seres somos expresiones de una única Conciencia infinita que se manifiesta en formas distintas. La separación pertenece al ámbito de la experiencia relativa, no a la naturaleza última de la realidad.

En este sentido, no necesitamos fundirnos con nadie para alcanzar la unidad. Ya somos esa unidad.

Paradójicamente, cuando sentimos una necesidad intensa de fusionarnos con otra persona suele ocurrir precisamente lo contrario: estamos intentando aliviar el sufrimiento que produce sentirnos separados.

Entonces aparecen pensamientos como:

  • «Sin ti estoy incompleto.»
  • «Necesito tu presencia para sentirme bien.»
  • «Si te alejas, algo de mí desaparece.»

En estos casos, la fusión no nace del reconocimiento de la unidad, sino de la necesidad de llenar una sensación de carencia.

La relación como encuentro entre dos plenitudes

El tantra no propone eliminar la individualidad.

Cada persona continúa siendo una expresión única de la Conciencia: con su historia, su cuerpo, su sensibilidad y su forma irrepetible de manifestar la vida.

La práctica consiste en reconocer que esa diversidad no contradice la unidad, sino que la expresa.

Cuando dos personas se encuentran desde esa comprensión, ya no necesitan perderse la una en la otra. Pueden abrirse profundamente, compartir intimidad, ternura, erotismo o sexualidad, sin convertir al otro en el fundamento de su propia identidad.

La relación deja de ser un intento de completarse y se convierte en una celebración de una plenitud que ya existe.

Volver a uno mismo fortalece el vínculo

Puede parecer que regresar a uno mismo después de un encuentro íntimo implica tomar distancia del otro. Sin embargo, desde la perspectiva del tantra sucede precisamente lo contrario.

Cuando dejamos de buscar en la otra persona aquello que sentimos que nos falta, aparece una percepción mucho más clara de quién soy yo y de quién es el otro. La relación deja de ser una fusión en la que nuestras vivencias, necesidades o heridas se confunden, y se convierte en un encuentro entre dos manifestaciones auténticas de la misma Conciencia.

Es precisamente esa diferenciación consciente la que fortalece el vínculo.

Porque el vínculo no surge de que dos personas dejen de ser quienes son, sino de que dos expresiones únicas de la misma Conciencia puedan encontrarse con autenticidad. Cuanto más plenamente habito mi propio centro y más plenamente habitas el tuyo, más libre es el encuentro entre ambos.

La verdadera intimidad no consiste en dejar de ser uno mismo, sino en encontrarse profundamente con el otro permaneciendo ambos arraigados en su propia plenitud.

Después del encuentro también hay práctica

Tras un encuentro afectivo o sexual es habitual sentir que parte de nuestra atención continúa orientada hacia la otra persona.

No tiene por qué ser algo negativo. La intimidad moviliza emociones, memorias, deseo, ternura y una gran cantidad de energía emocional.

Sin embargo, cuando esa apertura permanece de forma inconsciente, puede aparecer una sensación de dispersión, dependencia emocional o una cierta fusión emocional y energética que dificulta volver a habitar plenamente nuestro propio centro.

Por eso puede ser valioso dedicar unos minutos a cerrar conscientemente el encuentro.

No para romper el vínculo.

No para protegerse del otro.

Sino para regresar a uno mismo.

Ese regreso no disminuye la conexión.

La purifica.

Permite que el amor permanezca libre de necesidad, que cada persona vuelva a sostener su propia experiencia y que el vínculo continúe existiendo desde la libertad y no desde la dependencia.

La siguiente práctica utiliza una visualización como apoyo contemplativo. No pretende describir literalmente un fenómeno energético, sino favorecer una disposición interior que facilite el regreso consciente al propio centro.

Práctica: regresar al propio corazón

Busca un lugar tranquilo unos minutos después de despedirte de la otra persona, o crea un breve espacio de intimidad contigo mismo antes de volver a tus actividades.

Comienza llevando toda tu atención al cuerpo.

Siente el peso del cuerpo, los puntos de contacto con el suelo o la silla y permite que la respiración encuentre un ritmo natural.

Permanece unos instantes simplemente habitando tu cuerpo.

Después visualiza frente a ti a la persona con la que has compartido el encuentro. Si han sido varias personas, realiza el proceso con cada una por separado.

Imagina que desde el centro de tu corazón parte un haz de luz que conecta con el centro del corazón de la otra persona. No hagas nada todavía. Simplemente siente esa conexión.

Saborea durante unos instantes la calidad del encuentro que habéis compartido. Permite que aparezca de manera espontánea la gratitud. Da gracias, interiormente, por la apertura, la confianza, el afecto, el erotismo, la sexualidad o el amor compartido. Reconoce el regalo que supone haberse encontrado, aunque solo haya sido por un instante.

Cuando sientas que ese reconocimiento está completo, comienza a inspirar lentamente mientras visualizas cómo ese haz de luz se recoge suavemente hacia el centro de tu propio corazón. Puedes imaginar que desaparece por completo o que permanece un hilo muy fino, recordándote que el vínculo continúa existiendo, pero que cada uno vuelve a descansar en sí mismo.

Retén unos instantes la respiración sintiendo el centro del pecho.

En muchas tradiciones se habla de la puerta anterior del corazón, aquella a través de la cual nos abrimos al amor, a la intimidad y al encuentro. Sin embargo, el corazón posee también una puerta posterior, una apertura sutil desde la que podemos soltar aquello que no nos pertenece y regresar plenamente a nosotros mismos.

Al exhalar lentamente, imagina que esa puerta posterior se abre y deja salir, por entre los omóplatos —o, si lo sientes más natural, hacia la tierra a través del perineo o de las plantas de los pies— todo aquello que no es verdaderamente tuyo.

Permite que regresen a su origen los miedos, las inseguridades, las proyecciones, los juicios, las heridas o las necesidades y deseos que hayas podido recoger de la otra persona durante el encuentro.

No se trata de expulsar nada porque sea negativo.

No es un acto de rechazo.

No es una separación.

Es simplemente un acto de discernimiento y de amor.

Cada persona recupera aquello que le pertenece.

Cada persona vuelve a sostener su propia experiencia.

Y tú vuelves a descansar en tu propio centro.

Puedes acompañar la respiración con unas palabras sencillas, dejando que surjan al ritmo de cada ciclo respiratorio:

«Regreso a mí.»

«Suelto aquello que no me pertenece.»

Repite la visualización tantas veces como sea necesario, hasta sentir que la atención deja de estar dispersa y vuelve a reposar de manera natural en el corazón.

Finalmente, deja también la visualización.

Permanece unos minutos sintiendo simplemente el bindu del corazón, ese punto silencioso e inmóvil desde el que emerge toda experiencia.

No hagas nada.

No busques ninguna sensación especial.

Descansa en ese centro.

Reconoce que ese espacio permanece intacto antes, durante y después de cualquier encuentro.

Desde ahí puedes volver a abrirte al otro sin perderte en él, porque ya no necesitas completarte a través de la relación.

Entonces la unidad deja de buscarse mediante la fusión emocional y energética y comienza a revelarse por sí misma. Dos personas ya no intentan convertirse en una, sino que descubren que nunca dejaron de compartir la misma esencia.

El vínculo deja de sostenerse en la necesidad y pasa a ser la celebración libre del encuentro entre dos expresiones únicas de la única Conciencia.

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