
En las tradiciones del yoga, los yama, que podemos traducir como principios de relación ética o restricciones, son orientaciones que regulan nuestra manera de relacionarnos con los demás y con el mundo. Patañjali enumera cinco: ahiṃsā —no violencia o no dañar—, satya —verdad o veracidad—, asteya —no apropiación—, brahmacarya —conducta orientada a Brahman, tradicionalmente asociada también a la moderación o continencia sexual— y aparigraha —no aferramiento o no acumulación—.
Junto a los yama aparecen los niyama, que son principios de observancia o prácticas dirigidas principalmente a nuestra relación con nosotros mismos: śauca —pureza o claridad—, saṃtoṣa —contentamiento—, tapas —disciplina o intensidad transformadora—, svādhyāya —autoestudio o estudio de las enseñanzas— e īśvara-praṇidhāna —entrega o reconocimiento de lo divino—. Estas formulaciones pertenecen al marco clásico del yoga y fueron posteriormente reinterpretadas de distintas maneras por las tradiciones tántricas.
El Śaivismo tántrico no dual introduce aquí un matiz fundamental. Abhinavagupta, en el Tantrāloka, recoge los cinco yama, pero señala que estas prácticas no son por sí mismas el medio directo para la realización de la Conciencia. La liberación no consiste, desde esta perspectiva, en convertirse en una persona moralmente perfecta que cumple una serie de normas, sino en el reconocimiento (pratyabhijñā) de nuestra verdadera naturaleza como Śiva, la Conciencia no dual. Esto no hace irrelevantes los yama y niyama, sino que permite comprenderlos de otra manera: pueden convertirse en expresiones y prácticas que acompañan y favorecen ese reconocimiento, en lugar de ser condiciones morales externas de las que dependa nuestra realización.
Ahiṃsā — no violencia, no dañar
De los cinco yama, ahiṃsā —no violencia, no dañar o ausencia de violencia— aparece tradicionalmente en primer lugar, seguida de satya —verdad, veracidad, aquello que se ajusta a lo real—. Aunque podemos presentarlas como dos prácticas diferenciadas, desde una perspectiva no dual resulta especialmente interesante contemplarlas como dos dimensiones profundamente interrelacionadas.
Satya —verdad— implica abrirnos a lo que es, mientras que ahiṃsā —no violencia— implica no violentar innecesariamente aquello que es. Cuando rechazamos la realidad porque no coincide con lo que desearíamos que fuera, ejercemos una forma de violencia sobre nuestra experiencia; cuando intentamos imponer sobre otra persona nuestra representación de quién es, también podemos estar violentando su realidad. Y, al mismo tiempo, cuanto más capaces somos de reconocer la realidad tal como es, menos necesitamos violentarla para que se adapte a nuestros deseos.
Por eso, en esta perspectiva, ahiṃsā —no violencia— no consiste únicamente en abstenernos de causar daño físico o emocional, sino en cultivar una relación de cuidado y respeto hacia la realidad, hacia los demás seres y hacia nosotros mismos. No se trata simplemente de «no hacer daño», sino de desarrollar una sensibilidad que nos permita reconocer cuándo nuestras palabras, acciones, interpretaciones o actitudes están imponiendo sufrimiento innecesario sobre aquello que tenemos delante.
La no violencia desde la no-dualidad
Desde el Śaivismo no dual, esta comprensión adquiere una dimensión todavía más profunda. El reconocimiento (pratyabhijñā) consiste en reconocer nuestra verdadera naturaleza como Conciencia —Śiva— y comprender que todo cuanto aparece es una manifestación inseparable de esa misma Conciencia. No existen, en última instancia, dos realidades absolutamente independientes: un «yo» separado que se relaciona con un «otro» completamente ajeno, sino una única Conciencia manifestándose en una multiplicidad de formas.
Desde aquí, ahiṃsā —no violencia— puede dejar de entenderse únicamente como una obligación moral y convertirse en una expresión natural del reconocimiento de la unidad. Cuando reconozco al otro como una expresión de la misma Conciencia que soy, el cuidado puede surgir espontáneamente del reconocimiento. La compasión no nace entonces solamente de una norma que me dice «debo cuidar al otro», sino de una transformación de la propia percepción: cuidar del otro es, de alguna manera, cuidar de una expresión de la misma realidad de la que yo también formo parte.
Pero aquí aparece una aparente paradoja: si la compasión surge del reconocimiento, ¿qué sentido tiene practicarla? Precisamente porque todavía no vivimos permanentemente en ese reconocimiento. Ahiṃsā —no violencia— puede convertirse en sādhana, una práctica espiritual, y el cultivo consciente de la compasión puede ayudarnos a debilitar los patrones de contracción (saṃkoca) y separación desde los que habitualmente percibimos y actuamos. La práctica no crea la unidad; nos ayuda a reconocerla. Y, a su vez, cuanto más profundamente reconocemos la unidad, más espontáneamente puede manifestarse la compasión.
No violentar la experiencia del otro
Una de las formas más sutiles de violencia puede aparecer precisamente en nuestra manera de percibir y nombrar a las demás personas. Cuando convertimos una percepción, una conducta o una característica en una definición de lo que alguien «es», podemos estar imponiendo sobre esa persona una categoría que no necesariamente corresponde con su propia experiencia.
Esto ocurre incluso con categorías aparentemente positivas. Decir «eres inteligente», «eres atractivo», «eres fuerte» o «eres una buena persona» puede parecer completamente inocente, pero seguimos atribuyendo al otro una identidad desde nuestra propia perspectiva. Quizá esa persona no se experimente como inteligente; quizá no quiera ser definida por su atractivo; quizá esté atravesando un momento en el que no se siente fuerte; quizá incluso rechace la categoría de «buena persona» porque no considera que las personas puedan reducirse a etiquetas de ese tipo.
La cuestión no es que esté prohibido reconocer cualidades en los demás, sino no confundir nuestra experiencia del otro con la naturaleza del otro. Podemos decir «me siento atraído por ti» en lugar de «eres atractivo», porque la primera expresión describe nuestra experiencia y deja abierto el espacio para que el otro sea mucho más que nuestra percepción sobre él. Del mismo modo, podemos decir «he observado que no has realizado esta tarea» en lugar de «eres vago». En el primer caso describimos un hecho concreto; en el segundo convertimos una conducta en una identidad.
Esta distinción es especialmente importante cuando utilizamos categorías negativas, pero no deja de serlo con las positivas. Una etiqueta agradable puede ser una caricia, pero también puede convertirse en una jaula. Toda categoría corre el riesgo de reducir la infinita complejidad de una persona a una representación limitada de ella. Desde ahiṃsā —no violencia— podemos aprender a dejar al otro un espacio de libertad respecto a nuestras propias definiciones.
Ahiṃsā — no violencia — hacia uno mismo
La misma actitud puede dirigirse hacia nosotros mismos. Practicar ahiṃsā —no violencia y cuidado— significa aprender a relacionarnos con nuestra propia experiencia sin rechazo innecesario: dar espacio a las emociones, atender nuestras necesidades, escuchar nuestras partes internas y permanecer presentes ante aquello que está vivo en nosotros.
Cuando aparece miedo, podemos escuchar el miedo; cuando aparece tristeza, permitir que exista tristeza; cuando aparece enfado, reconocer el enfado sin convertirlo automáticamente en una conducta impulsiva. Podemos preguntarnos qué intenta proteger una determinada parte de nosotros en lugar de atacarla por existir. La compasión hacia uno mismo no significa justificar cualquier comportamiento ni evitar aquello que resulta incómodo; significa no añadir violencia innecesaria al sufrimiento que ya está presente.
Cuando podemos decirnos «aquí estoy para acoger con amor aquello que esté vivo en mí», se abre un espacio interior en el que puede emerger con mayor claridad satya —verdad, aquello que realmente está sucediendo—. La amabilidad crea las condiciones para poder ver y, a su vez, ver con claridad permite cuidar mejor. Así, ahiṃsā —no violencia— y satya —verdad— vuelven a encontrarse.
¿Es siempre violento causar dolor?
Si ahiṃsā —no violencia— significa no dañar, podríamos preguntarnos si cualquier acción que produzca dolor es necesariamente contraria a este principio. No parece ser así. Cuando entrenamos para mejorar nuestra salud cardiovascular sometemos deliberadamente al organismo a un esfuerzo incómodo; cuando desarrollamos fuerza muscular generamos fatiga y estrés físico; cuando ponemos un límite a alguien podemos provocar frustración; y cuando terminamos una relación que ya no es saludable podemos causar dolor.
El dolor, por sí mismo, no determina si una acción es violenta. La cuestión es más profunda: qué hacemos, desde dónde lo hacemos, para qué lo hacemos y si existe una alternativa menos dañina. No es lo mismo infligir sufrimiento desde el odio, la venganza, el desprecio o el deseo de someter al otro que realizar una acción dolorosa porque estamos intentando cuidar algo que consideramos verdadero y necesario.
Esto tampoco significa que podamos justificar cualquier acción apelando a una «buena intención». Nuestra percepción puede estar condicionada por el miedo, el deseo, la ignorancia o las limitaciones (mala) que restringen nuestra capacidad de reconocer nuestra propia naturaleza. Por eso satya —verdad— resulta inseparable de ahiṃsā —no violencia—. Podemos preguntarnos: ¿estoy actuando desde la claridad o desde la contracción?, ¿estoy intentando cuidar o castigar?, ¿estoy respondiendo a la realidad o intentando imponer mi deseo sobre ella?, ¿estoy dispuesto a reconocer el daño que mi acción pueda producir?, ¿existe una forma menos dañina de actuar?
Ahiṃsā —no violencia— no consiste, por tanto, en encontrar una fórmula moral que nos garantice que nunca causaremos dolor. Consiste en desarrollar una sensibilidad cada vez mayor hacia las consecuencias de nuestros actos y hacia el estado interno desde el que actuamos.
Cuando nos equivocamos
En este sentido, saṅkalpa —intención o resolución consciente— adquiere importancia. Podemos orientar nuestra acción hacia el cuidado de la vida, hacia el reconocimiento de la realidad y hacia el bienestar de todos los seres, incluido nosotros mismos. Pero eso no significa que siempre vayamos a acertar.
Podemos actuar desde la contracción (saṃkoca), el miedo o la ignorancia y descubrir posteriormente que hemos causado un daño innecesario. Cuando esto sucede, ahiṃsā —no violencia— también consiste en poder reconocerlo sin convertir ese reconocimiento en una nueva forma de violencia contra nosotros mismos. Podemos reconocer lo ocurrido, asumir nuestra responsabilidad, reparar aquello que sea reparable y aprender de la experiencia. El autocastigo no necesariamente repara el daño; a menudo simplemente prolonga el sufrimiento.
Esto tampoco significa decirnos que «hicimos lo mejor que pudimos» para evitar toda responsabilidad. Significa comprender que actuamos desde las condiciones de consciencia y las herramientas que teníamos disponibles en aquel momento, y que ahora podemos disponer de una mayor comprensión. La compasión no elimina la responsabilidad: crea el espacio necesario para asumirla sin odio hacia nosotros mismos.
Compasión no significa negar el daño
La misma comprensión resulta fundamental cuando somos nosotros quienes hemos sido heridos. Podemos comprender que una persona que nos ha causado daño probablemente también actuó condicionada por su propia historia, sus miedos, sus heridas y sus limitaciones. Pero comprender no significa justificar, y sentir compasión no significa negar lo ocurrido.
Ahiṃsā —no violencia— tampoco exige reprimir el enfado, el dolor o el deseo de alejarnos. Negar estas emociones podría convertirse, de hecho, en una nueva forma de violencia hacia nosotros mismos. Podemos reconocer simultáneamente varias verdades: alguien puede haber actuado desde su propio sufrimiento y, al mismo tiempo, haber causado un daño real; podemos sentir compasión por esa persona y también enfado por lo sucedido; podemos comprenderla y, al mismo tiempo, poner límites; podemos perdonar y decidir no volver a relacionarnos.
Estas verdades no tienen por qué excluirse. La no-dualidad no consiste en eliminar las aparentes contradicciones de la experiencia, sino en poder acoger su complejidad sin quedar atrapados en una visión fragmentaria. Así, ahiṃsā —no violencia— puede incluir simultáneamente compasión hacia quien causa daño y cuidado hacia quien lo recibe.
Compasión no es permisividad. No violencia no es pasividad. Y aceptación no significa resignación.
Ahiṃsā como abrazo de la realidad
Quizá podamos resumir todo esto diciendo que ahiṃsā —no violencia, no dañar— es una invitación a relacionarnos con la realidad sin añadir violencia innecesaria. No necesitamos amar todo lo que ocurre, aprobar todas las conductas, abandonar nuestros límites ni evitar todo dolor. Lo que podemos cultivar es algo más profundo: la capacidad de encontrarnos con lo que es sin tener que convertirlo inmediatamente en enemigo.
Cuando algo nos gusta, podemos disfrutarlo sin aferrarnos. Cuando algo nos disgusta, podemos reconocerlo sin necesidad de destruirlo. Cuando aparece dolor, podemos escucharlo; cuando aparece enfado, podemos darle espacio sin entregarle necesariamente el gobierno de nuestras acciones; cuando cometemos un error, podemos asumirlo sin odiarnos; y cuando alguien nos hiere, podemos protegernos sin necesidad de deshumanizarlo.
Desde esta perspectiva, ahiṃsā —no violencia— no es simplemente la ausencia de agresión, sino una manera de habitar la realidad desde el reconocimiento de que nada está completamente separado de la Conciencia que todo lo sostiene. La compasión no sería entonces algo que tenemos que añadir artificialmente a nuestra naturaleza. Sería algo que emerge cuando dejamos de olvidar nuestra naturaleza.
Y, al mismo tiempo, practicar la compasión puede ayudarnos a recordar.
Ese es el movimiento circular de ahiṃsā —no violencia— como sādhana —práctica espiritual—:
reconocer la unidad, cuidar la vida, abrirnos a la realidad y reconocerla cada vez más profundamente.
Un saṅkalpa — intención consciente — para la práctica
Podemos llevar esta enseñanza a la vida cotidiana mediante una intención sencilla:
«Que me sea permitido hacer el bien a todos los seres, incluido yo mismo».
No como una obligación moral que tengamos que cumplir perfectamente, sino como una orientación a la que podemos regresar cada vez que nos descubramos actuando desde el miedo, la contracción, el rechazo o la separación.
Podemos preguntarnos:
¿Cómo puedo cuidar la vida que está presente aquí y ahora?
En el otro.
En mí.
En la relación.
En aquello que está sucediendo.
Y quizá, al mirar con suficiente profundidad, descubramos que ese «otro» al que intentamos cuidar nunca estuvo completamente separado de nosotros.
Porque, desde la mirada del Śaivismo no dual, allí donde parecía haber dos, la Conciencia se reconoce a sí misma.
Y ese reconocimiento puede expresarse, de manera sencilla y radical, como amor.
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