
Junto a la no violencia (ahiṃsā), la verdad o veracidad (satya) es uno de los cinco yama del yoga clásico.
Como vimos en el artículo dedicado a ahiṃsā, ambos principios se encuentran profundamente relacionados. De algún modo, satya y ahiṃsā se sostienen y se engendran mutuamente. Para no violentar innecesariamente a otras personas o a nosotros mismos necesitamos poder reconocer lo que realmente está sucediendo; y, al mismo tiempo, para poder mirar la realidad tal como es necesitamos desarrollar la capacidad de acogerla sin rechazo, sin intentar inmediatamente modificarla para que se ajuste a nuestros deseos. Ver lo que es y poder acoger lo que es son dos movimientos inseparables.
Más allá de decir la verdad
En el yoga clásico, satya suele traducirse como «verdad» o «veracidad» y se refiere, entre otras cosas, a abstenerse de mentir y a que nuestras palabras se correspondan con aquello que consideramos verdadero.
Pero podemos llevar esta enseñanza un paso más allá. Desde una perspectiva del Śaivismo no dual, satya puede contemplarse como una invitación a ver y habitar la realidad tal como se presenta, a ver lo que necesita ser visto y a conocer lo que necesita ser conocido. Esto requiere una disposición interna particular: estar dispuestos a mirar incluso aquello que preferiríamos no encontrar. La verdad puede mostrarnos que una relación ya no es como querríamos, revelar un miedo que preferíamos no reconocer, hacernos conscientes de un deseo que juzgamos, de una necesidad que hemos estado ignorando o incluso de que hemos causado daño. Puede mostrarnos, también, que aquello que creíamos saber no era cierto.
Satya requiere entonces una forma de honestidad radical hacia nosotros mismos: poder mirar nuestras emociones, deseos, miedos, tendencias y contradicciones sin tener que convertir inmediatamente ninguna de ellas en un enemigo. Y esta honestidad necesita, a su vez, de ahiṃsā: solo si podemos relacionarnos con compasión con aquellas partes de nosotros que nos generan sufrimiento podremos realmente verlas; solo si no nos abandonamos ante aquello que nos resulta incómodo podremos llegar a vernos por completo. Podemos observar incluso las partes de nosotros que juzgan a otras partes. No se trata de aprobar todo lo que encontramos, sino de poder acogerlo lo suficiente como para verlo. Porque aquello que no podemos mirar difícilmente puede ser comprendido, y aquello que no puede ser comprendido difícilmente puede ser transformado de una manera verdaderamente consciente y desde el amor. La transformación genuina no nace del odio ni de la culpa, sino de una comprensión que puede abrazar aquello que quiere transformar.
Hablar desde la experiencia
Esta honestidad también transforma nuestra manera de comunicarnos con los demás. Si queremos hablar desde satya, resulta especialmente importante distinguir entre nuestra experiencia y nuestras interpretaciones sobre la experiencia. Podemos experimentar tristeza, enfado, miedo, deseo, alegría o inseguridad, pero la interpretación que hacemos de aquello que experimentamos es otra cosa.
«Siento miedo» describe una experiencia; «tú me haces sentir inseguro» ya contiene una interpretación sobre su causa. «He observado que has hecho esto» describe algo que podemos señalar; «eres egoísta» convierte nuestra interpretación en una característica de la persona. Hablar desde nuestra propia experiencia —hablar desde el «yo»— no garantiza que todo lo que digamos sea objetivamente verdadero, pero sí nos ayuda a no presentar nuestras interpretaciones como si fueran hechos absolutos. Podemos decir: «Yo lo he vivido así», «esto es lo que estoy sintiendo», «esta es mi interpretación de lo que ha sucedido» o «no sé si lo estoy viendo correctamente». Son verdades internas: expresan con honestidad nuestra experiencia sin convertir nuestra perspectiva en una verdad absoluta sobre el otro.
De esta manera, satya vuelve a unirse con ahiṃsā: al reconocer el límite de nuestra propia perspectiva dejamos espacio para que el otro exista más allá de nuestra representación de él. La verdad no necesita convertirse en una sentencia sobre el otro.
Viveka: aprender a distinguir
Para acceder a satya necesitamos desarrollar una capacidad fundamental: viveka, el discernimiento. Viveka implica aprender a distinguir entre lo que está ocurriendo y lo que pensamos que está ocurriendo; entre una sensación y la historia que construimos alrededor de ella; entre una emoción y la interpretación que hacemos de esa emoción; entre un hecho y un juicio; entre lo que sabemos y lo que suponemos; y entre una necesidad real y la estrategia que nuestra mente ha construido para satisfacerla.
Esta capacidad requiere autoobservación y una honestidad cada vez mayor. No consiste en analizarlo todo mentalmente, sino en observar con suficiente claridad como para reconocer qué pertenece a la experiencia inmediata y qué estamos añadiendo nosotros mediante nuestras propias construcciones mentales. Así, viveka se convierte en una herramienta al servicio de satya: nos ayuda a acercarnos progresivamente a una forma de vida más auténtica, en la que nuestras palabras, decisiones y acciones puedan estar cada vez más alineadas con aquello que realmente reconocemos.
La verdad de no saber
Hay una forma de satya especialmente importante y, quizá, especialmente difícil: reconocer que no sabemos.
La mente funciona naturalmente intentando anticipar, comprender y controlar lo que todavía no puede conocer. Ante una situación incierta construimos escenarios, imaginamos qué ocurrirá, intentamos adivinar qué piensa otra persona, anticipamos sus posibles decisiones y proyectamos futuros acontecimientos. Poco a poco podemos llegar a confundir nuestras propias construcciones mentales con la realidad.
Pero a veces la verdad de este momento es mucho más sencilla: no lo sé.
No sabemos qué ocurrirá, qué piensa realmente la otra persona, cómo evolucionará una situación o qué sentiremos mañana. Reconocerlo no significa dejar de pensar ni renunciar a actuar, sino distinguir entre conocimiento y posibilidad. Puedo reconocer que no sé qué sucederá y, al mismo tiempo, observar que hay una parte de mí que desea saber, que desea controlar y que está imaginando diferentes escenarios. Ambas cosas pueden ser verdaderas: no sé qué ocurrirá y mi mente está intentando averiguarlo. Satya consiste, en este caso, en no confundir una cosa con la otra.
Podemos permitir que los pensamientos aparezcan sin convertirlos automáticamente en realidad y permanecer en el espacio del no saber sin tener que llenarlo inmediatamente con certezas. Esto tiene una consecuencia práctica muy importante: cuando dejamos de aferrarnos a una idea preconcebida sobre lo que va a ocurrir, podemos responder con mayor flexibilidad a lo que finalmente ocurra. Estamos menos ocupados defendiendo nuestra predicción y más disponibles para encontrarnos con la realidad. De nuevo, satya y ahiṃsā se encuentran: cuanto menos necesitamos imponer nuestra representación sobre lo que está sucediendo, menos necesitamos violentar la realidad para que se ajuste a ella.
¿Decir siempre toda la verdad?
Aquí aparece una cuestión especialmente interesante. Si satya implica decir la verdad, ¿significa que debemos comunicar siempre todo lo que sabemos, todo lo que pensamos y todo lo que sentimos?
La relación entre satya y ahiṃsā nos invita a ser más cuidadosos. No toda verdad necesita ser comunicada de cualquier manera, en cualquier momento y con cualquier grado de detalle. Nuestras palabras tienen consecuencias: podemos decir algo verdadero de una manera innecesariamente cruel, comunicar una información cierta sin tener en cuenta la vulnerabilidad de quien la recibe o utilizar «la verdad» como una justificación para descargar sobre otra persona nuestro enfado, nuestro resentimiento o nuestro deseo de herir.
Por eso, cuando satya y ahiṃsā se encuentran, la pregunta deja de ser únicamente «¿es verdad lo que voy a decir?» y podemos añadir: «¿es necesario decirlo?, ¿es este el momento adecuado?, ¿de qué manera puedo comunicarlo sin añadir sufrimiento innecesario?, ¿estoy intentando cuidar o estoy utilizando la verdad para atacar?»
Esto no significa ocultar sistemáticamente aquello que resulta incómodo ni convertir la compasión en una excusa para evitar conversaciones difíciles. A veces la verdad necesita ser dicha precisamente porque callarla prolongaría una situación dañina. Pero la verdad no necesita ser utilizada como un arma. Satya no consiste simplemente en decir todo lo que pensamos, sino en relacionarnos honestamente con lo que es. Y a veces la forma más honesta y compasiva de comunicar algo requiere escoger el momento, el contexto, las palabras y la cantidad de información adecuada.
Una verdad puede convivir con otras verdades
Cuando hablamos de «la Verdad», también necesitamos tener cuidado con una posible confusión. Reconocer la verdad no significa necesariamente creer que cada situación contiene una única descripción posible que podamos poseer completamente. La experiencia humana puede contener múltiples verdades simultáneas: puedo sentir alegría genuina por el bienestar de otra persona y, al mismo tiempo, experimentar envidia; puedo amar a alguien y estar enfadado con esa persona; puedo desear profundamente algo y, al mismo tiempo, tener miedo de conseguirlo; puedo comprender racionalmente una situación y sentir emocionalmente algo completamente diferente. No necesitamos eliminar una de estas verdades para que la otra sea válida; podemos reconocerlas todas.
Esto resulta especialmente importante cuando distinguimos entre verdades personales y afirmaciones universales. Por ejemplo, puedo descubrir que necesito exclusividad en una relación para poder implicarme emocionalmente de una determinada manera. Eso puede ser profundamente verdadero para mí, pero no se sigue de ahí que la exclusividad sea una necesidad universal. Otra persona puede vivir sus relaciones de una manera diferente y experimentar un compromiso emocional igualmente profundo.
Podemos reconocer, por ejemplo, que cuando cultivamos más de un vínculo disponemos de menos tiempo y recursos para cada uno que cuando cultivamos solamente uno. Eso es una consecuencia objetiva de nuestra disponibilidad limitada. Pero las conclusiones que cada persona extraiga de ese hecho —qué necesita para sentirse segura, comprometida o emocionalmente disponible— pertenecen a un nivel diferente y no tienen por qué ser universales.
Cuando convertimos una verdad personal en una verdad universal, corremos el riesgo de transformar nuestra propia experiencia en una medida con la que juzgamos a los demás. Y ahí satya vuelve a encontrarse con ahiṃsā: reconocer la verdad de nuestra experiencia no nos autoriza a convertirla en una ley sobre la experiencia de los demás.
La realidad y nuestros conceptos
Aquí aparece otra cuestión fundamental. Buena parte de nuestra experiencia cotidiana está mediada por conceptos, categorías y construcciones mentales. En el lenguaje del Śaivismo no dual podemos hablar de vikalpa, las construcciones conceptuales mediante las que diferenciamos, reconocemos y damos forma cognitiva a nuestra experiencia.
Pero sería un error entender vikalpa simplemente como «falsedad». El pensamiento conceptual tiene una función fundamental en nuestra experiencia humana: nos permite distinguir, recordar, comunicar, anticipar y actuar. El problema aparece cuando confundimos el concepto con aquello a lo que el concepto apunta. Un mapa no es el territorio; una palabra no es aquello que nombra; nuestra idea de una persona no es la persona; nuestra explicación de una experiencia no es la experiencia misma.
Podemos tener mapas más o menos precisos y pensamientos que describen la realidad con mayor o menor fidelidad. Podemos tener interpretaciones que nos ayudan a comprender y otras que nos alejan de lo que está sucediendo; unas que favorecen una mayor apertura y, con ella, el gozo (ānanda), y otras que alimentan el sufrimiento innecesario. Por eso no necesitamos abandonar el pensamiento, sino aprender a no confundir nuestros pensamientos con la realidad que intentan representar.
En este sentido, algunos vikalpa pueden estar más alineados con la realidad que otros y conducirnos hacia una comprensión más amplia, mientras que otros pueden reforzar nuestras limitaciones, nuestras identificaciones y nuestro sufrimiento. El pensamiento puede ser un mapa, pero necesitamos recordar que el mapa nunca agota el territorio.
Antes de la interpretación
Esta distinción puede llevarnos a observar algo todavía más sutil. Antes de que nuestra mente nombre lo que está sucediendo, ya existe una experiencia: una sensación corporal, una emoción, una percepción, una determinada cualidad energética, una impresión todavía no convertida en una historia. Podemos aprender a permanecer durante unos instantes en ese espacio anterior a la interpretación, no porque esa experiencia preconceptual sea infalible, sino porque contiene información que puede perderse cuando la recubrimos inmediatamente con nuestras explicaciones.
Podemos notar que el cuerpo se contrae antes de saber exactamente por qué, percibir apertura o rechazo antes de haber construido una explicación sobre ello o sentir una determinada cualidad en una relación antes de ser capaces de formularla con palabras. Aquí podemos relacionarlo con pratibhā, la intuición o iluminación cognitiva que, en el Śaivismo, puede señalar una forma de conocimiento que no procede simplemente de un razonamiento discursivo paso a paso.
No se trata de convertir cualquier sensación corporal en una verdad absoluta, pues eso sería sustituir una forma de identificación por otra. Se trata de aprender a escuchar también aquello que todavía no ha sido convertido en concepto, y después permitir que el discernimiento compruebe y aclare esa primera intuición. La intuición puede señalar, el discernimiento puede examinar, la mente puede formular y la experiencia puede confirmar o corregir nuestras hipótesis. Así podemos establecer una relación más rica entre experiencia, intuición, pensamiento y realidad.
Satya y pratyabhijñā
Desde el Śaivismo no dual, esta búsqueda de la verdad puede adquirir una dimensión todavía más profunda. El camino de la pratyabhijñā, el reconocimiento, no consiste simplemente en descubrir nuevas informaciones sobre nosotros mismos, sino en reconocer nuestra naturaleza esencial como Conciencia (cit), Śiva.
Cuando observamos honestamente nuestra experiencia interna podemos comenzar a reconocer algo fundamental. Aparecen pensamientos, emociones y recuerdos; aparecen saṃskāras, impresiones que condicionan nuestra experiencia; aparecen vāsanās, tendencias que orientan nuestras respuestas; aparecen vikalpas, construcciones mediante las cuales interpretamos el mundo. Todo esto cambia, todo esto aparece y desaparece y, sin embargo, hay una capacidad de conocer en la que todas esas experiencias aparecen.
Podemos empezar reconociendo la verdad de nuestra experiencia concreta: «esto es miedo», «esto es deseo», «esto es tristeza», «esto es un pensamiento», «esto es una tendencia que se repite», «esto es una historia que mi mente está construyendo». Y, a través de ese reconocimiento, podemos comenzar a descubrir que ninguna de esas experiencias agota lo que somos. No necesitamos expulsarlas para reconocer nuestra naturaleza. La Conciencia no necesita destruir una experiencia para ser libre de ella: puede acogerla, conocerla y permitir que aparezca en su propio espacio.
Desde esta perspectiva, satya puede convertirse en una puerta hacia pratyabhijñā. Al mirar con honestidad aquello que aparece, podemos reconocer progresivamente aquello en lo que todo aparecer tiene lugar: la Conciencia. Y la verdad más profunda no sería entonces una determinada frase, concepto o conclusión, sino el reconocimiento directo de la Conciencia que ya está presente.
La Verdad que no puede ser encerrada en palabras
Esto nos permite comprender también el límite de cualquier formulación sobre la realidad. Podemos hablar de la Conciencia, de Śiva, de unidad, de ānanda, de libertad o de reconocimiento, pero ninguna de estas palabras es aquello a lo que apunta. El concepto puede señalar, la enseñanza puede orientar y el lenguaje puede abrir una puerta, pero necesitamos atravesarla para descubrir aquello que las palabras intentan indicar.
Por eso, quizá la práctica de satya consista también en mantener una cierta humildad ante nuestras propias conclusiones. La realidad siempre es más amplia que nuestra descripción de ella. Esto no significa caer en un relativismo en el que todo sea igualmente verdadero. Hay descripciones más ajustadas y menos ajustadas; interpretaciones que nos permiten ver con mayor claridad y otras que nos alejan de lo que está sucediendo; pensamientos que amplían nuestra capacidad de responder y otros que nos mantienen atrapados en el miedo, la separación y la contracción. El discernimiento consiste precisamente en aprender a distinguirlos.
Una pregunta para la práctica
Podemos llevar esta enseñanza a la vida cotidiana mediante una intención sencilla:
«Que me sea permitido ver lo que necesita ser visto y conocer lo que necesita ser conocido».
No como una exigencia de tener siempre claridad ni como una obligación de encontrar inmediatamente una respuesta, sino como una disposición a encontrarnos con lo que es. Cuando aparezca una emoción podemos preguntarnos: ¿puedo verla antes de juzgarla? Cuando aparezca un conflicto: ¿qué está sucediendo realmente y qué estoy añadiendo yo a lo que sucede? Cuando aparezca incertidumbre: ¿puedo reconocer honestamente que no sé? Cuando aparezca un pensamiento: ¿estoy viendo la realidad o estoy viendo mi representación de ella? Y cuando vayamos a hablar: ¿estoy expresando mi experiencia o estoy convirtiendo mi interpretación en una verdad sobre el otro?
Y quizá podamos formular la pregunta más sencilla de todas: ¿cuál es la verdad de este momento? Y después: ¿cuál es la verdad en mí, antes de que piense en ello?
No necesitamos encontrar una respuesta inmediata. Quizá satya consista, en último término, en algo más sencillo y más radical: estar dispuestos a ver. Ver lo que hay, conocer lo que podemos conocer, reconocer lo que todavía no sabemos y permanecer abiertos a que la realidad sea siempre más amplia que cualquier idea que podamos hacernos de ella.
Porque cuando dejamos de exigir que la realidad sea como pensamos que debería ser, quizá podamos comenzar a encontrarnos con ella tal como es. Y en ese encuentro, poco a poco, la Verdad deja de ser solamente algo que pensamos.
Se convierte en algo que reconocemos.
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