Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos antes de ser madres o padres: ¿desde dónde quiero criar? No me refiero todavía a qué tipo de educación quiero dar, qué límites poner, cómo ponerlos o qué valores transmitir, sino a algo más profundo: ¿qué intención hay detrás de mi deseo de tener un hijo y de acompañarlo durante su vida?

Podemos querer tener hijos por muchas razones. Podemos sentir el impulso de cuidar, amar y participar en la creación y continuidad de la Vida, o el deseo de acompañar a otro ser humano en el descubrimiento de quién es. Pero también podemos desearlos porque necesitamos sentirnos queridos, tenemos miedo a la soledad, buscamos un propósito, queremos reparar nuestra propia infancia o proyectamos en ellos aquello que nosotros no pudimos ser. Existen pues motivos orientados fundamentalmente hacia el dar y motivos en los que esperamos recibir del hijo aquello que sentimos que nos falta, motivos que son expansivos (vikāsa) o contractivos (saṅkoca) de la Consciencia, la presencia y el amor. 

Esto no significa que unos motivos sean buenos y otros malos, ni que para poder tener hijos debamos estar completamente libres de nuestras heridas, pero sí es útil reconocer que unos promueven más el bienestar y otros el sufrimiento. Somos seres humanos y llegamos a la maternidad y la paternidad con nuestra historia, nuestros miedos y nuestras necesidades. La cuestión no es eliminar todo esto antes de criar, sino poder verlo para así ampliar nuestra capacidad de elección en la acción.

¿Desde dónde quiero tener un hijo?

En el Tantra, sankalpa puede entenderse como una intención profunda, una orientación consciente de nuestra voluntad. Aplicado a la crianza, puede ayudarnos a preguntarnos qué estamos buscando realmente: ¿qué espero recibir al ser padre o madre?, ¿qué siento que me falta y creo que un hijo podría darme?, ¿quiero que alguien me ame incondicionalmente?, ¿quiero sentir que soy importante para alguien?, ¿tengo miedo de estar solo en el futuro?, ¿estoy intentando reparar a través de él algo que me dolió en mi propia infancia?

Son preguntas incómodas, pero importantes. Aquí aparece viveka, el discernimiento: la capacidad de distinguir lo que está ocurriendo en nosotros. Podemos reconocer que una parte de nuestro deseo nace del amor y otra del miedo; que queremos cuidar y, al mismo tiempo, necesitamos sentirnos queridos.

Esto es también satya, la honestidad. No necesitamos juzgar nuestras necesidades, pero sí reconocerlas para no colocar sobre nuestros hijos la responsabilidad de satisfacerlas.

Cuando nuestras heridas entran en la crianza

En el Tantra, los samskaras son las huellas o patrones que dejan nuestras experiencias y que influyen en nuestra manera de responder a la vida. Cuando no los reconocemos, pueden aparecer en la crianza sin que nos demos cuenta.

Puedo querer proteger a mi hijo porque le quiero, pero también porque tengo miedo de que le ocurra algo y de cómo me juzgaría a mi mismo ante esa situación. Puedo desear su desarrollo porque deseo que tenga una buena vida, pero también porque mi propia sensación de valor está asociada al éxito. Puedo sentirme herido cuando no me cuenta algo porque interpreto su autonomía como rechazo desde mi inseguridad. Puedo enfadarme cuando no agradece lo que hago por él porque esperaba recibir algo a cambio de mi sensación de insuficiencia.

A veces incluso la acción exterior puede ser la misma, pero el lugar interno desde el que actuamos es diferente. Proteger, poner límites o ayudar pueden formar parte de una crianza saludable, pero también pueden convertirse en expresiones de miedo, control o necesidad.

Por eso el Tantra no propone rechazar aquello que es contractivo, sino observarlo y permitir su transformación amable. Si descubro que quiero tener un hijo para sentirme cuidado, puedo preguntarme cómo aprender a cuidarme yo. Si quiero convertirlo en un proyecto personal, puedo devolverle su propia singularidad y buscar al mía. Si quiero que me ame, puedo preguntarme cómo aprender a amarme para poder amarle sin convertir su amor hacia mi en una necesidad que él tenga que satisfacer sino en algo que surja espontáneamente.

El movimiento es pasar de “quiero que mi hijo me ame” a “quiero aprender a amarle”; de “quiero que me cuide” a “quiero cuidar sin esperar nada a cambio”; de “quiero que sea aquello que yo no pude ser” a “quiero acompañarle para que pueda descubrir quién es”.

Un hijo no es nuestro proyecto

Aquí aparece una de las aportaciones más profundas del Tantra Shivaita no dual a la crianza. El hijo es otro. No es una extensión de nosotros ni nuestro proyecto personal. Tiene su propia personalidad, su propia historia y su propio camino.

Pero, al mismo tiempo, desde la perspectiva no dual, ese otro no está separado de la totalidad de la Vida o de la Consciencia. Podemos imaginarlo como una ola: mi hijo es una ola diferente de mí, con su propia forma y movimiento, pero ambos pertenecemos al mismo océano.

Esta mirada permite respetar profundamente la individualidad del hijo y reconocer, a la vez, que ambos somos expresiones de una misma realidad. Esto es ver la unidad en la diferencia: reconocer al hijo como expresión de la misma Consciencia sin dejar de respetar su singularidad.

Esta perspectiva cambia el sentido de la crianza. Ya no se trata tanto de conseguir que nuestro hijo sea como queremos que sea, sino de acompañarlo para que pueda descubrir quién es.

La crianza como sadhana

Desde aquí, la crianza puede convertirse en sadhana, una práctica de transformación y autoconocimiento. No porque sea siempre una experiencia luminosa, sino porque nos enfrenta con aquello que todavía no hemos integrado.

Un hijo puede activar nuestro miedo, nuestra impaciencia, nuestra necesidad de control, nuestra dificultad para poner límites o nuestra vulnerabilidad. Después de un conflicto podemos preguntarnos no solamente “¿qué debería hacer mi hijo?”, sino también “¿qué está ocurriendo en mí?”. Esto no significa dejar de educar ni renunciar a los límites, sino intentar que nuestras acciones no estén gobernadas automáticamente por aquello que se ha activado en nosotros.

Escuchar puede convertirse en una práctica. Poner un límite puede convertirse en una práctica. Pedir perdón después de habernos equivocado puede convertirse en una práctica. Permitir que nuestro hijo sea diferente de nosotros también puede serlo.

Así, las tareas cotidianas de la crianza —alimentar, cuidar, escuchar, acompañar, enseñar, abrazar o poner límites— pueden convertirse en seva, servicio ofrecido sin convertirlo en una transacción, y en puja, una ofrenda a la Consciencia expresada en la singularidad de nuestro hijo.

Volver a la intención

Por eso puede ser útil formular un sankalpa y volver a él cuando nos perdemos. No como una promesa de perfección, sino como una brújula. Podemos escribir una intención que nos recuerde desde dónde queremos relacionarnos con nuestros hijos y regresar a ella en los momentos de dificultad.

Podría ser algo como: quiero acompañarte para que puedas descubrir quién eres; quiero cuidarte sin poseerte; quiero ofrecerte amor y presencia sin pedirte que llenes mis vacíos; quiero aprender de nuestra relación y utilizar aquello que se active en mí para conocerme mejor y acompañarte mejor.

Con el tiempo, quizá descubramos que la crianza no solo consiste en acompañar a nuestros hijos. También ellos nos muestran algo de nosotros mismos. Nos muestran nuestros samskaras, nuestros miedos, nuestros apegos y nuestras necesidades. Y si somos capaces de mirarlos con honestidad, la relación puede convertirse en un espacio de pratyabhijñā, el reconocimiento de nuestra naturaleza esencial que no es otra que la Consciencia Gozosa (Citānanda).

El hijo sigue siendo otro. La no-dualidad no consiste en borrar las diferencias. Precisamente porque es otro podemos encontrarnos con él, escucharlo y respetar su singularidad. Pero ese encuentro puede recordarnos que, detrás de nuestras formas particulares, ambos participamos de la misma Vida.

Quizá esta sea una de las posibilidades más profundas de una crianza desde el Tantra: acompañar a otro ser humano en el descubrimiento de quién es mientras la propia experiencia de acompañarlo nos ayuda a recordar quiénes somos nosotros.

No necesitamos criar perfectamente. Necesitamos poder mirar, ser honestos y volver una y otra vez a la intención que queremos encarnar.

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