Cuando nos permitimos habitar, sin juicio y sin resistencia, todo aquello que aparece en el campo de nuestra experiencia, la percepción deja de ser únicamente un proceso mental y se convierte en una vía de reconocimiento. Al permanecer presentes en una sensación, una emoción, un pensamiento o cualquier fenómeno que emerge, la Consciencia comienza a revelarse a sí misma a través de aquello que percibe. En ese instante puede surgir camatkāra, el asombro sagrado, el estremecimiento silencioso de la Consciencia al contemplarse a sí misma en todas sus manifestaciones.

Desde la perspectiva del tantra no dual, este asombro no depende de que el objeto de percepción sea agradable o bello según los criterios de la mente. Solemos pensar que la contemplación de una puesta de sol, el perfume de una flor o la inmensidad del océano despiertan de forma natural una experiencia de apertura. Sin embargo, la Consciencia no establece esas distinciones. Aquello que para la mente-cuerpo resulta hermoso o repulsivo, deseable o amenazante, constituye igualmente una expresión de la misma realidad indivisa.

Por ello, el mismo camatkāra puede manifestarse ante la vida y ante la muerte, ante el nacimiento y ante un cadáver, ante el placer y ante el dolor. Es la mente condicionada la que clasifica, compara y rechaza; la Consciencia simplemente reconoce su propia naturaleza desplegándose en infinitas formas. Allí donde la mente ve opuestos, la Consciencia descubre una única vibración manifestándose con diferentes rostros.

En la práctica, suele resultar más sencillo comenzar a practicar con aquello que espontáneamente nos inspira belleza o serenidad. Podemos dejar que la atención repose en un paisaje, una obra de arte, un sonido o la respiración, permitiendo que la experiencia impregne completamente nuestra consciencia. Poco a poco dejamos de mirar el objeto para reconocer la cualidad de presencia que lo ilumina.

Con la madurez de la práctica, esa misma capacidad puede extenderse hacia aquello que el organismo rechaza. Podemos sentarnos ante el miedo, la tristeza, el dolor físico, la enfermedad, la decadencia o incluso la muerte, permitiendo que aparezcan sin intentar modificarlos ni alejarlos. No se trata de forzar una aceptación intelectual ni de negar las reacciones naturales del cuerpo, sino de ofrecerles un espacio tan amplio que también el rechazo pueda ser contemplado sin rechazo.

En ese momento comienza a desplegarse pratyabhijñā, el reconocimiento. Descubrimos que la Consciencia permanece intacta tanto cuando aparecen experiencias agradables como cuando emergen aquellas que el cuerpo-mente preferiría evitar. Incluso el miedo, la aversión o la propia resistencia son reconocidos como movimientos de la misma Consciencia.

Cuando la experiencia deja de ser apropiada por el yo y simplemente se despliega en la amplitud de la Consciencia, aparece rasa, el «sabor» o la esencia viva de la experiencia. En la tradición estética de la India, rasa es el deleite que surge cuando una emoción se contempla sin quedar atrapados en ella. El tantra amplía esta intuición y la convierte en una vía espiritual: toda experiencia posee un rasa, un sabor único de la Consciencia manifestándose. El amor y la tristeza, la calma y la ira, la belleza y la decadencia pueden ser igualmente saboreados cuando cesa la necesidad de poseerlos o rechazarlos. No saboreamos el objeto en sí, sino la vibración de la Consciencia que se expresa a través de él.

De este reconocimiento brota de manera natural ānanda, una dicha serena y silenciosa que no depende de las circunstancias externas. No nace de acumular experiencias placenteras ni de eliminar las dolorosas, sino del cese del conflicto con lo que es. Dejamos de aferrarnos a aquello que deseamos y dejamos también de luchar contra aquello que rechazamos. Nos abrimos a experimentar plenamente todo cuanto se manifiesta como verdadero (satya) en nuestra experiencia presente.

Así, camatkāra, el asombro, deja de ser un instante excepcional reservado para momentos de belleza extraordinaria y se convierte en una actitud contemplativa ante la existencia y la vida tal y como es. Cada percepción, cada emoción y cada acontecimiento pueden revelar el misterio de una Consciencia infinita maravillándose de sí misma a través de todas las formas que adopta. Ese asombro madura en rasa, el saboreo íntimo de la experiencia, y culmina en ānanda, la dicha silenciosa de reconocer que todo cuanto aparece es, en esencia, la propia Consciencia jugando consigo misma.

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