
Existe una tensión profundamente humana entre dos necesidades que parecen contradictorias: la necesidad de pertenecer, sentirnos conectados con los demás y formar parte de algo, y la necesidad de preservar nuestra individualidad, expresar quiénes somos y vivir de acuerdo con nuestra autenticidad.
Como vimos en el artículo dedicado a bhedābheda (la relación entre diferencia y no diferencia), el Tantra Shivaita no dual no niega las diferencias entre los seres encarnados. Cada persona posee una individualidad, una historia, unas necesidades y una manera particular de experimentar la existencia. Sin embargo, estas diferencias no implican una separación fundamental entre los seres: todo cuanto existe es expresión de una misma consciencia, Śiva.
Desde esta perspectiva, la multiplicidad no contradice la unidad, sino que es precisamente una expresión de ella. La realidad se manifiesta en innumerables formas sin dejar de ser, en su esencia, una. La separación absoluta es una percepción derivada de nuestra identificación limitada con una individualidad aparentemente independiente, una experiencia vinculada a māyā.
Sin embargo, nuestra mente tiende a clasificar, diferenciar y establecer límites. Necesitamos reconocer qué somos nosotros y qué pertenece al otro, distinguir lo familiar de lo desconocido y aquello que nos proporciona seguridad de lo que percibimos como una amenaza.
Así aparece una tensión que atraviesa nuestra experiencia humana: anhelamos la conexión, pero también necesitamos preservar nuestra singularidad.
El dilema en nuestras relaciones
Esta tensión se hace especialmente visible en los vínculos interpersonales, y particularmente en las relaciones sexoafectivas.
Deseamos sentirnos queridos, aceptados, reconocidos y acompañados. Anhelamos compartir nuestra intimidad, experimentar la complicidad y construir un espacio de pertenencia. Pero, al mismo tiempo, necesitamos expresarnos libremente, mostrar nuestras emociones, comunicar nuestras necesidades y conservar nuestra autonomía.
De hecho, para experimentar una conexión auténtica necesitamos poder mostrarnos tal como somos. Si ocultamos sistemáticamente partes de nosotros mismos para evitar el rechazo o preservar la relación, quizá podamos mantener el vínculo, pero difícilmente experimentaremos una verdadera intimidad.
Y aquí aparece el conflicto: en ocasiones, cuando expresamos nuestras necesidades, deseos o emociones, estos entran en contradicción con los de la otra persona. Lo que para uno es una necesidad de autonomía, para el otro puede sentirse como distancia. Lo que uno vive como una necesidad de proximidad, el otro puede experimentarlo como una invasión de su espacio personal.
Entonces podemos quedar atrapados en una aparente disyuntiva: preservar el vínculo sacrificando nuestra autenticidad, o preservar nuestra autenticidad arriesgándonos a perder el vínculo.
Sin embargo, desde una mirada no dual, esta oposición merece ser observada con mayor profundidad. ¿Por qué sentimos que debemos escoger entre pertenecer y ser nosotros mismos? ¿Por qué vivimos la autonomía y la conexión como necesidades incompatibles?
Bhedābheda: integrar la diferencia y la unidad
La comprensión de bhedābheda nos ofrece una perspectiva especialmente interesante para abordar esta tensión.
Somos diferentes y, simultáneamente, no estamos separados en nuestra esencia. Ambas dimensiones son verdaderas y no necesitamos sacrificar una para reconocer la otra.
Trasladado a nuestras relaciones, esto significa que podemos reconocer nuestra individualidad y la de la otra persona sin que esa diferencia tenga que convertirse en una amenaza para el vínculo. Podemos tener necesidades distintas, experimentar emociones diferentes o desear cosas que no siempre coinciden y, aun así, permanecer conectados.
La conexión auténtica no requiere que dos personas piensen, sientan o necesiten exactamente lo mismo. Tampoco exige que renuncien a sus particularidades para construir una identidad compartida. Al contrario, puede nutrirse precisamente de la posibilidad de encontrarse desde la diferencia.
Esto no significa que cualquier vínculo sea viable ni que debamos mantener una relación a cualquier precio. Es necesario que exista un grado suficiente de compatibilidad en valores, necesidades y proyectos vitales para compartir un camino, ya sea en una relación sexoafectiva o en una amistad. La no-dualidad no implica que todas las relaciones sean posibles o saludables.
Incluso cuando existe una elevada compatibilidad, siempre habrá diferencias. Somos seres singulares y no podemos esperar que otra persona coincida plenamente con nosotros. La cuestión no es eliminar esas diferencias, sino aprender a relacionarnos con ellas sin interpretarlas automáticamente como una amenaza.

Cuando necesitamos que el otro nos complete
Pero ¿por qué, en ocasiones, vivimos las diferencias como algo tan doloroso o amenazante?
Desde el Tantra Shivaita podemos relacionar esta experiencia con āṇavamala, la limitación primordial que nos lleva a experimentarnos como seres separados, incompletos y carentes, desconectados de nuestra naturaleza esencial.
Cuando nos identificamos exclusivamente con esa individualidad limitada, podemos buscar en el otro aquello que sentimos que nos falta. Necesitamos que nos proporcione seguridad, reconocimiento o afecto de determinadas maneras. Incluso podemos esperar que satisfaga todas nuestras necesidades para sentirnos plenamente bien.
Desde esta posición, las diferencias dejan de ser simplemente diferencias y se convierten en posibles amenazas a nuestra seguridad. Si el otro no responde como esperamos, podemos sentirnos rechazados o poco importantes. Si expresa necesidades distintas, podemos interpretarlo como una falta de amor o compromiso.
En el fondo, quizá no estemos respondiendo únicamente a lo que sucede en el presente, sino también a heridas y condicionamientos anteriores que se reactivan en la relación.
La otra persona deja entonces de ser alguien con quien compartir nuestra plenitud y se convierte, inconscientemente, en alguien de quien esperamos obtenerla.
La comprensión no dual nos invita a reconocer que nuestra naturaleza esencial no está incompleta. No necesitamos que otra persona nos complete porque, desde la perspectiva última, somos ya expresiones plenas de la consciencia. Esto no elimina nuestra necesidad humana de afecto, intimidad o compañía, pero transforma nuestra manera de relacionarnos con ellas.
Podemos desear profundamente compartir nuestra vida con alguien sin convertir ese deseo en una necesidad de llenar un vacío existencial.
La relación como práctica espiritual
Desde esta perspectiva, nuestras relaciones pueden convertirse en una auténtica sādhanā, un espacio de práctica y reconocimiento.
Cada vez que aparece un conflicto entre nuestra necesidad de autonomía y nuestra necesidad de conexión, tenemos una oportunidad para observar qué está sucediendo en nuestro interior. ¿Estamos expresando una necesidad genuina o reaccionando desde el miedo al abandono? ¿Estamos respetando nuestra individualidad o utilizando la autonomía para evitar la vulnerabilidad? ¿Estamos buscando encontrarnos con el otro o necesitamos que se comporte de una determinada manera para sentirnos seguros?
Este trabajo requiere observar nuestros condicionamientos, nuestros saṃskāras (impresiones y huellas profundas) y nuestras vāsanās (tendencias latentes), sin identificarnos automáticamente con ellos ni dejarnos arrastrar por sus reacciones.
No se trata de eliminar nuestras emociones, necesidades o deseos, sino de reconocerlos y aprender a relacionarnos con ellos desde una mayor libertad y consciencia.
Quizá entonces podamos descubrir que no necesitamos elegir entre pertenecer y ser auténticos. Que podemos abrirnos al encuentro sin abandonarnos, preservar nuestra individualidad sin aislarnos y amar sin convertir al otro en responsable de nuestra plenitud.
La práctica no consiste en disolver las diferencias, sino en reconocer la unidad que las sostiene. Comprender que somos expresiones únicas e irrepetibles de una misma consciencia y que, precisamente por eso, podemos encontrarnos y compartir nuestra existencia sin dejar de ser quienes somos.
Tal vez la verdadera intimidad no consista en dejar de ser dos para convertirnos en uno, sino en poder ser plenamente nosotros mismos mientras reconocemos que, en nuestra esencia, nunca hemos estado separados.

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