
En muchas ocasiones nos acercamos a una relación con la esperanza, más o menos consciente, de que el otro nos haga sentir finalmente completos y felices. Buscamos a alguien que nos quiera, que nos elija, que permanezca a nuestro lado, que calme nuestros miedos, que nos dé seguridad. Y cuando encontramos a esa persona, podemos llegar a sentir que, por fin, algo encaja.
Pero ¿qué ocurre cuando la relación deja de ser una expresión de lo que ya somos para convertirse en aquello que creemos que necesitamos para sentirnos bien?
Desde la perspectiva del Tantra Shivaita No Dual, esta pregunta puede llevarnos a una comprensión profunda de quiénes somos y de cómo podemos construir relaciones más sanas y satisfactorias.
La sensación de estar incompletos
Para el Tantra No Dual, nuestra naturaleza esencial es Shiva, la Consciencia que se manifiesta como todo lo que existe. Cada ser individual, cada jīva, es una expresión de esa Consciencia y manifiesta totalmente su plenitud (pūrṇa).
Sin embargo, en nuestra experiencia cotidiana no solemos vivir desde esa percepción. Podemos sentirnos pequeños, separados, insuficientes o incompletos; experimentar que nos falta algo y que necesitamos encontrarlo fuera de nosotros.
La tradición tántrica explica esta experiencia mediante los malas, los velos de ignorancia o limitaciones que acompañan a la consciencia individualizada. Entre ellos, āṇava mala está relacionado con la sensación ilusoria de pequeñez o insuficiencia, mientras que māyīya mala se relaciona con la experiencia de separación y diferenciación.
Así, aunque nuestra naturaleza esencial sea plena, podemos vivir como si no lo fuéramos. Y esta sensación tiene una enorme influencia en nuestra manera de amar.
Cuando el otro se convierte en aquello que me falta
Cuando nos acercamos a otra persona desde la sensación profunda de «me falta algo», es fácil convertirla, sin darnos cuenta, en la pieza que creemos necesitar para estar completos. Entonces pueden aparecer pensamientos como:
«Si me quiere, estaré bien.»
«Si está conmigo, tengo valor.»
«Si me deja, volveré a estar solo e incompleto.»
«Necesito que haga determinadas cosas para poder sentirme seguro.»
En ese momento, la relación puede dejar de ser un espacio de encuentro y convertirse en un espacio de dependencia.
Esto no significa que necesitar afecto, apoyo, compañía o cuidado sea algo malo. Somos seres humanos encarnados y relacionales. Desde que nacemos necesitamos de otros para sobrevivir, crecer y regularnos. Un bebé, por ejemplo, depende literalmente de sus cuidadores.
Pero existe una diferencia fundamental entre necesitar determinados cuidados o experiencias relacionales y creer que nuestra propia existencia, nuestro valor o nuestra plenitud dependen de otra persona. No somos incompletos porque necesitemos a los demás para vivir determinadas experiencias. Somos seres relacionales, pero eso no nos convierte en seres incompletos.
Cuando el amor se mezcla con el miedo
Si creemos que el otro es quien nos completa, la posibilidad de perderlo puede convertirse en una amenaza enorme. Ya no tememos únicamente perder una relación que valoramos; podemos sentir que perder a esa persona significa perder también nuestra seguridad, nuestro valor o incluso una parte de nosotros mismos.
Y entonces aparece el miedo, que fácilmente puede transformarse en control:
¿Qué hace? ¿Con quién está? ¿Por qué no me responde? ¿Me quiere todavía? ¿Por qué necesita estar solo? ¿Y si conoce a otra persona?
Podemos empezar a intentar modificar el comportamiento del otro para recuperar una sensación interna de seguridad. La relación se convierte así, poco a poco, en un sistema de vigilancia y regulación mutua. Y aquello que comenzó como un encuentro puede terminar convirtiéndose en una prisión.
¿Y si no necesito que el otro me complete?
El Tantra Shivaita No Dual propone una inversión radical de esta perspectiva. No se trata de dejar de amar, de volvernos autosuficientes y decir «no necesito a nadie», ni de negar nuestras heridas, nuestra vulnerabilidad o nuestra necesidad humana de contacto.
Se trata de reconocer algo más profundo: la plenitud que buscamos desesperadamente en el otro no es algo que el otro pueda darnos. Es algo que ya está en todos y cada uno de nosotros.
La otra persona puede acompañarnos, cuidarnos, inspirarnos, emocionarnos, despertar aspectos de nosotros mismos y enriquecer profundamente nuestra existencia, pero no puede otorgarnos nuestra propia naturaleza. Según el Tantra, esa plenitud ya está presente en nosotros porque nuestra naturaleza esencial es la Consciencia.
Podemos olvidarla, no sentirla o atravesar momentos de dolor, vacío, miedo y sufrimiento, pero no deja de estar ahí. La práctica tántrica es, en buena medida, un camino de reconocimiento: volver a reconocer aquello que ya somos.
La hoguera que ya arde en nosotros
Podemos imaginarlo con una metáfora sencilla: en el centro de cada uno de nosotros hay una hoguera, una fuente de luz y calor que no necesitamos recibir de otra persona para que exista.
A veces podemos sentirnos alejados de ella. Podemos atravesar momentos en los que parece que nuestra hoguera se ha apagado, que estamos en la oscuridad o que necesitamos que alguien venga a encenderla. Y entonces encontramos a otra persona y pensamos: «Tú eres quien puede darme la luz que me falta.»
Pero quizá el encuentro amoroso pueda entenderse de otra manera.
El otro no viene a encender nuestro fuego. Trae su propio fuego. Y yo traigo el mío.
Nos acercamos y compartimos el calor y la luz de nuestras hogueras. Podemos calentarnos mutuamente, iluminar aspectos de nuestra vida que permanecían en la sombra, inspirarnos, cuidarnos y hacer que la experiencia de estar vivos sea más rica. Pero ninguno de los dos es responsable de mantener encendido el fuego del otro.
Y si uno de nosotros se aleja, nuestro fuego no tiene por qué apagarse.
Desde esta perspectiva, estar en pareja no significa encontrar a alguien que nos dé aquello que nos falta para ser completos. Significa poder compartir la luz que cada uno expresa.

Complementarnos o compartirnos
Quizá por eso podemos plantearnos una pregunta diferente:
¿Necesitamos complementarnos o podemos compartirnos?
Cuando creemos que somos dos mitades incompletas, buscamos en la pareja aquello que sentimos que nos falta. Pero si reconocemos nuestra propia plenitud, la relación puede adquirir otro significado.
Ya no estoy contigo porque necesite que completes mi ser. Estoy contigo porque quiero compartir contigo el ser que soy: mi mundo, mi sensibilidad, mi manera de mirar, mis capacidades, mis proyectos, mis alegrías, mis dificultades y mi presencia.
Y, al mismo tiempo, recibo aquello que tú expresas de una manera que solo tú puedes expresar. No porque me falte algo esencial, sino porque tu existencia es única.
Desde el Tantra, la multiplicidad no es necesariamente un problema que haya que superar. Shiva se manifiesta como diversidad. Somos diferentes y, al mismo tiempo, no estamos separados en nuestra naturaleza última.
Podemos reconocer en el otro algo profundamente familiar y, a la vez, respetar que ese otro ser nunca será simplemente una extensión de nosotros mismos.
Ahí aparece una forma diferente de intimidad: no dos mitades intentando convertirse en una, sino dos expresiones de la misma realidad encontrándose sin dejar de ser diferentes.
Amar sin poseer
Cuando dejamos de considerar al otro como aquello que necesitamos para estar completos, también puede cambiar nuestra manera de relacionarnos. Si me veo y te veo como una persona completa, no necesito poseerte para sentir que estoy a salvo.
Puedo desear tu cercanía sin convertirla en una obligación, echarte de menos sin concluir que no puedo estar bien sin ti, poner límites sin utilizar la continuidad del vínculo como amenaza y cuidar tus necesidades sin abandonar las mías. También puedo aceptar que eres libre.
Esto no significa que la relación deje de tener compromisos, acuerdos o responsabilidades. Significa que estos pueden nacer del cuidado y de la elección consciente y continua, y no únicamente del miedo.
Porque amar no es conseguir que el otro permanezca. Amar también es reconocer al otro como otro, apreciar su belleza y desear su bien.
La pareja como espacio de reconocimiento
Desde esta perspectiva, una relación puede convertirse en un lugar extraordinariamente poderoso para la práctica, precisamente porque el vínculo despierta aquello que todavía no vemos con claridad en nosotros.
El miedo al abandono puede mostrarme mi dificultad para descansar en mí. Los celos pueden mostrarme mi necesidad de controlar aquello que no puedo controlar. La necesidad de aprobación puede mostrarme cuánto depende todavía mi sensación de valor de la mirada del otro. Y la dificultad para poner límites puede mostrarme cuánto temo perder el vínculo cuando expreso lo que realmente necesito.
La relación puede convertirse entonces en un espejo.
Pero hay algo importante: la pareja no tiene la responsabilidad de sanarnos. El otro puede despertar nuestras heridas, pero no tiene por qué convertirse en su terapeuta. La relación puede ofrecer un contexto de cuidado, presencia y transformación, pero cada uno tiene la responsabilidad de reconocer sus propios condicionamientos y hacerse cargo de ellos.
De este modo, el vínculo puede dejar de ser solamente un lugar donde buscamos seguridad y convertirse también en un espacio de reconocimiento, creación y crecimiento compartido.
No para llegar a ser uno, sino para poder encontrarnos más plenamente desde aquello que ya somos.
Una breve práctica: «Estoy en mí y desde mí te veo»
La próxima vez que estés con tu pareja —o incluso antes de encontrarte con ella— prueba algo muy sencillo. Detente durante unos instantes y lleva suavemente la atención hacia el centro del pecho, hacia el hṛdaya, el corazón como símbolo y espacio de la propia presencia consciente.
No intentes fabricar ninguna sensación especial. Simplemente permanece, siente tu cuerpo y tu respiración, y permite que la experiencia esté tal como está.
Y desde ahí, en lugar de mirar al otro desde la pregunta:
«¿Qué necesito de ti?»
prueba a reconocer:
«Estoy aquí. No necesito dejar de ser yo para encontrarte. Desde mí, te veo. Desde la plenitud que soy, me comparto contigo.»
Quizá entonces la pregunta deje de ser:
«¿Qué puedes darme para que yo esté completo?»
y se transforme en otra:
«¿Qué podemos compartir desde aquello que ya somos?»
Tal vez ahí el amor deje de ser únicamente una búsqueda de unión y empiece a convertirse también en una expresión de la unidad que ya somos.

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